La histeria y otras postrimerías.

Hasta principios del siglo XX, las mujeres no tuvieron orgasmos. O, al menos, no era deseable que tuvieran sentimientos agradables en el acto sexual.

Esto no sorprende, porque a lo largo de la historia ha sido habitual que se diera un enfoque patológico a fenómenos fisiológicos naturales, especialmente de las mujeres, como la masturbación, el embarazo y la menstruación.

Władysław Podkowiński https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1843707

Desde la antigüedad, los síntomas del deseo sexual en las mujeres eran tratados como una enfermedad, comúnmente llamada “histeria” (del griego “hysteros”, útero).

Fue diagnosticada por Hipócrates en el siglo V antes de nuestra era, y dejó de considerarse oficialmente como tal a partir de 1952 en Estados Unidos por la asociación de psiquiatría estadounidense.

Para los médicos, la histeria era un “cajón de sastre” para casi todos los síntomas que no se conseguía hacer encajar en ninguna otra dolencia. En especial, aquellos relacionados con la melancolía, la frustración, el nerviosismo, la ansiedad, el insomnio, etc.

Los dos más evidentes eran la fantasía erótica y la abundante lubricación vaginal. Parece, sin embargo, que aquello no dio las suficientes pistas a los doctores en medicina.

Desde la segunda mitad del S. XIX, el tratamiento orgásmico se hizo común en la práctica de la medicina occidental. A diferencia de las trabajadoras sexuales, los médicos no perdían su estatus al proporcionar masajes en la vulva, ya que el carácter sexual estaba camuflado en el paradigma de enfermedad constituido alrededor de la sexualidad femenina.

El vibrador eléctrico, que hace su aparición a finales del siglo XIX, ayudaba a los médicos por una cuestión de eficacia tiempo-esfuerzo. En ningún momento consideraban estar prestando un servicio sexual, puesto que no había penetración.

Anónimo – Scanned from a book of early nudes in a collection similar to Taschen (possibly 1000 nudes, ISBN 9783822889350), https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=353115

Los factores que acabaron con esta práctica fueron tres. Primero, la llegada de Freud, quien intentó aplicar esta terapia de masturbación pero nunca fue muy habilidoso, y acabó cambiando su práctica desde la estimulación “física” hasta la terapia “mental” de diván, reinterpretando la histeria y en qué consistía. Luego, la incipiente sexología empieza a teorizar sobre la naturaleza sexual de la mujer y el hecho de que también la mujer experimenta el disfrute sexual. Y la definitiva es la aparición de aquellos primeros vibradores en la pornografía temprana, como los daguerrotipos en blanco y negro y, ya en los años veinte, las primeras películas eróticas, lo que conmociona a todos los terapeutas y les hace abandonar su uso.

Aceptada ya la evidencia de que las mujeres tienen una respuesta sexual, algo que hasta entonces sólo se concedía a los hombres, en 1930 se impone la idea de Freud de que las mujeres tienen dos tipos de orgasmo, clitoriano y vaginal. Según él, sólo el segundo es saludable y maduro. Esto se convierte en el paradigma dominante de la sexualidad femenina hasta 1970.

Hay un esfuerzo constante por obviar que el clítoris y no la vagina es el punto de mayor sensación sexual en la mayoría de las mujeres, y de evitar la confrontación heterosexual cara a cara acerca de la mutualidad orgásmica, colocando la discusión en el territorio médico. La posición dominante de los varones y su interés en centrar la sexualidad en la penetración, así como el interés de los poderes que gobiernan las sociedades en favorecer la sexualidad reproductiva, relegaron a la irrelevancia el placer sexual de las mujeres, en especial el que no estuviera relacionado con la penetración ni la procreación.

Sobre cómo nació y evolucionó el concepto de la histeria, hay paradigmas de enfermedad que nacieron y cambiaron como todas las modas, hasta que la sexología moderna la relegó a una mera curiosidad del pasado.

La aceptación de que la mujer disfruta de su sexualidad sin necesidad de ser penetrada, o que su deseo no es una enfermedad, convierten los grabados de doctores masturbando a sus pacientes con un vibrador en una curiosa estampa dentro de aquel pasado de estricta moral victoriana.

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